sábado, junio 20

27 hores ensin durmir



Esnalaba ya esnalaba

pero nun yara pa marchar

lunes, junio 8

[mourir ou tuer]

Tengo una amiga, llamémosla Mo.

Mo los mata, siempre. Cuando menos se lo esperan. No hay motivos concretos, al menos ella dice no tenerlos.

Los mata simplemente porque no son suficiente. Porque en el credo de Mo el amor crece pero ellos no deben regar lo suficiente.

A Mo le duele, pero los mata. A todos menos a uno. Él la mató a ella en el primer café.

viernes, mayo 22

Desteixendo suaños

foto: espumeru


Viernes: llueve por la autovía
y en mi cabeza todavía
ruedan los sueños
enmarañados
en una nana asturiana

lunes, mayo 18

Se dejaba llevar

martes, mayo 12

[tormenta]

foto: espumeru


de la boca me salen síes
cuando decido noes
será que no sé
gestionar mis respuestas
mis reacciones
ni las puertas
ni las lágrimas que me acechan
y que se esconden
detrás de las
carcajadas


a destiempo


me dejo fluir
y de repente
estoy fuera de cuadro
en una película
neorrealista italiana
llueve a cántaros


es primavera


me cobijo en una terraza
y de un canalón roto
se escapa un chorro
que se estrella contra el suelo
y salpica mis pies descalzos
cuando la nube me interrumpió
yo me estaba columpiando


arriba y abajo


con energía de infante
me olvidé del examen
del trabajo
del inglés
del francés
sólo recuerdo
la vie en rose
y la bohème


que llegue el verano


y las olas de Bayas
arrastren todo el mal
que se ha adherido a mi piel
este invierno
tan duro
el más duro
sin él
falta


él

al llegar a casa
falta
la sonrisa pícara
que se le escapaba
por las comisuras
falta
que me llame
tesoro
periodista
gato
nietecita


decir que la lluvia


me limpia el alma
no es ninguna tontería
no me ceñiré a los moldes
prefiero que me llamen loca


y vivir vivir vivir


esta película que es sólo mía
hoy no es tarde para descubrirlo

martes, abril 28

[inevitable]

foto: espumeru


retrasar lo inevitable
es
a veces
inevitable

sobre todo
cuando el toro
al que tratas
de coger
por los cuernos

te asusta
o te gusta
demasiado

conozco yo a una
que lo tenía decidido
pero pilló el virus
de la pandemia de paradojas

y ahora
vomita contradicciones
dondequiera que va

y así
no hay manera de alcanzar al porvenir

ya lo decía Ángel.

lunes, abril 27

Rinoceronte de Ionesco

1984.
Sena y Concha, cincuentaytantos años.
Margarita, cuatro.
Exterior día. Orbaya.

-Corre, hijina, que nos coge la nube.

Y Margarita echó a correr
zafándose segundo a segundo
de las enormes manos que intentaban atraparla.

En su cabeza.

jueves, abril 23

Carta para el cartero



No sé por qué estos últimos días
me obsesionan
las distancias.

Aguilafuente - Rafael Gallego.
Sigue habiendo
hoy jueves
cuatrocientos cuarenta y cuatro
kilómetros.

Pero esta mañana
te necesito
con capricho infantil.

Mientras tú repartes cartas
yo devoro los periódicos
y poso mis ojos sobre millones de letras
que no leo

y me revuelco
en un diálogo interior caótico

y agonizo
buscando soluciones
a sabe Dios qué.

Conclusión: no hay.

Hay urgencia
por tenerte
por pedirte:
escóndeme en tu abrazo
o esconde tú, tu cabeza en mí.

Tú, que eres también yo.

Tú eres mar y yo soy juanjo
porque los años y la cama de noventa
nos han ido desdibujando las fronteras
y ya no sé cuanto de mí hay en mí
y cuánto es tuyo.

Por eso
sentirte lejano
hoy duele.

Te necesito mucho hoy
quinientos setenta y cinco
días después de Madrid.

Desde el calendario me desafía
un nueve burlón.
El muy imbécil me susurra
que el tiempo corre
sin ti, amor.

Pero yo espero
que el cartero
me traiga
un certificado urgente
que anuncie el final
de la colección de despedidas.

martes, abril 14

Una gallega (camino a la Luna)

foto: espumeru



Hoy me ha tocado escuchar a Alberto Núñez Feijóo en la primera sesión de investidura en la Xunta. Pero no es él el gallego el que hoy tengo en mente, sino ella.
Servidora: hoy, después de saber que te has marchado, he marcado un número. El 364572, tu mantra... Seré imbécil... Por un momento pensé que contestarías.

Yo sólo he perdido a mi lectora más fiel. Prefiero no imaginar lo que pierden los que te tenían cerca, porque eras fantástica. Y como siempre hablabas de la Luna, creo que ese es el mejor lugar para imaginarte a partir de hoy...

miércoles, abril 8

Arantèle

foto: espumeru


Sens devant derrière
tout à coup:
le monde

jueves, febrero 26

1 - 0

Al alba volví a ser niña. A esa sensación olvidada. Y fue fácil.
En la antesala de la realidad, pero sin haber cerrado aún la puerta de los sueños, me estiré.
Me estiré largo y tendido bajo las sábanas, madriguera cálida y protectora.
El tiempo fue mío. El espacio también.
Hoy le estoy ganando la batalla al enemigo.
1 - 0

miércoles, febrero 25

Sueños segunda parte

Otro sueño que me despierta demasiado pronto. Perpleja y profundamente triste. A los gallos aún les quedan horas para cantar su serenata de las siete. Yo ando por un camino de tierra, y por el verde deduzco que no he salido de Asturias.
Parece una historia corriente, un día de verano en Santa Marina. Pero de pronto, siento una punzada en el pecho. Me la provoca la siguiente escena. Somos tres: M., Güelito, yo. Avanzamos por el camino de tierra. Güelito no camina bien y se apoya en nosotras para continuar. Pregunta si puede llevarse una linterna. Dice que le gustaría tener luz hasta que llegue el momento. El ataúd más bien parece una taquilla de instituto. Es metálico y tiene tres rejillas en la parte superior. Yo siento una angustia terrible. No quiero dejarle allí pero lo asumo. Es lo que toca. M. le explica que no tardará en morir, que es cuestión de horas.
Es el sueño más horrible que recuerdo. Y lo más triste de todo ha sido volver a oír su voz... Google intenta convencerme de la bondad de su significado: Se supone que me despido del pasado y dejo atrás el dolor.
No, no y no. Me niego a despedirme, aunque ya no esté. Aunque duela. Es más, me gusta que me duela porque el dolor es la medida de cuánto le quiero. Para mí, como dice M., sigue estando. En el muro de Santa o en el prao con las oveyas. Y por supuesto, siempre estará con su tesorín.
Mientras tanto, sigo con la vida al revés. Pero esa es otra historia. Así que la dejo para otro día. Y esa será a tu salud, Servidora.

jueves, febrero 19

No me fiervas la sangre

Soñaba algo así: Romper las paredes a patadas. Inspirar una bocanada de aire fresco. Retenerla. Gritar. Tú estás a mi lado. Encima, el cielo azul manchado de algodón. Debajo, el gris de Oviedo rodeado de una alfombra verde.
Me levanté somnolienta. Como una autómata, seguí el ritual matutino: me lavé la cara a conciencia, cerré el grifo, levanté la cabeza y me miré detenidamente en el espejo. Entonces, un torrente de sangre comenzó a brotarme de la nariz. El chorro rojo oscuro parecía salir de un grifo interno que se hubiera roto de repente. Me asusté. Siempre me había asustado sangrar por la nariz, aunque sólo fuera un hilillo, porque no era una cosa habitual en mí, ni siquiera siendo niña. Pero este chorro era distinto. Era torrencial. Traté de detenerlo metiendome bolas de papel higiénico en las fosas nasales. Pero era una lucha inútil: la sangre empapaba el papel demasiado rápido y seguía manando sin cesar. En el suelo, un charco rojo rodeaba mis pies.

Entonces sonó el teléfono. Eras tú, ya habías llegado a Madrid y me llamabas para despertarme. -Buf, estaba soñando- razoné mientras mi mente empezaba a salir del letargo. Más tarde indagué acerca del significado de aquel sueño. Me quedé con la boca abierta cuando leí "ausencia de la persona amada". Ahora me pregunto: ¿a quién echaba de menos? ¿Sólo a ti? ¿O también a El Moreno? "No me fiervas la sangre", solía decir.

martes, octubre 28

Quisiera ser tan alta como la Luna

foto: espumeru

Tan alta como la Luna. O más.
Y así ver anochecer y amanecer al mismo tiempo.
Con sólo girar la cabeza.
Los amaneceres van tan rápidos que se me acumulan en la retina.
Quizá por eso muchos ocasos se me pierden en el fondo de una botella.


No soy yo, es mi instinto asesino el que pretende ahogarlos,
quiere comprobar si con su muerte se atraganta el día siguiente.
Y que éste no llegue.
Y que no pase el tiempo.
Y que no pese.
Que se quede callado.
Dormido.
Con las manos enlazadas sobre el pecho.
Yo le arroparía con cariño
con los ojos tintineando de pena
y de pérdida.


Baila dentro de mi cabeza.
De noche.
De día.
Despierta y dormida.
Me persiguen escenas desordenadas de toda una vida
y de un tercio de la suya que ahora se apaga.
Se me cuelan los recuerdos
en el trabajo, en la cola del pan, en clase de francés...


Sufro desconexiones que me asustan
tanto como el cambio de sus gestos.
Torpeza. Debilidad. Ira.
Y luego vuelve y libera el ingenio
y me roba lágrimas y media sonrisa.
Vuelvo entonces al frío invernal de la Asturias niña,
con cocina de carbón y pies en el horno.


Es inútil. Cuestión de tiempo. Y de fortaleza.
Yo le miro mucho, registro cada arruga de sus 78 años.
El último cumpleaños pasó de largo entre las sábanas blancas.
Y las velas que compré para su regreso se han transformado
en testigos irónicos y agónicos de un final.

viernes, mayo 23

Porvenir

Ti ru ri...

Ti ru ri...

Ti ru ri...

Por más manotazos que le arrea, el despertador sigue sonando.
¿Ya son las siete?
Derrotada, se incorpora con los párpados incapaces. Tantea el camino a ciegas hasta la cocina y, cuando al fin logra vislumbrar algo, percibe la atmósfera inacabada de la madrugada aún en ciernes. El sopor se evapora de pronto, con la visión que vomita el reloj a punto de cruz de su abuela: las tres y cinco.

Pero, ¿cómo es posible? ¿Acaso el despertador ha cobrado vida propia? Porque, si acaso, alguna vez atrasa pero, ¿es capaz este cacharro de adelantarse cuatro horas en el tiempo?

Con lo insólito de aquel despertar martilleando en la cabeza, vuelve a su cuarto. Los ojos, ahora como platos, van en busca del causante de tamaña afrenta.

Esto es el colmo.

Mira el reloj y se cierne sobre ella una turba de pensamientos. El aparato dice que son las tres y cinco. (Puede que sin saberlo se enfrente a un extraño desafío del devenir temporal. O quizá, piensa también, se esté volviendo loca. Y se pellizca, sólo por si acaso vaya a estar aún durmiendo) .

Mira el reloj de nuevo y se frota los ojos por enésima vez. La minúscula aguja que interrumpe sus sueños cada mañana a las siete permanece en su sitio, impasible.

Imposible.

Entonces, de nuevo:

Ti ru ri...

Ti ru ri...

Ti ru ri...


Al fin descubre de dónde proviene. Es el móvil. Dentro, un sobrecito lleva dos horas esperando ser abierto.

"Lo que acabo de leer me ha hecho caer alguna lagrima…"

Y lo que acaba de leer ella en aquel preciso momento le provoca una sonrisa. Tierna, de niña. Y así se duerme. Dejando venir el

p o r v e n i r

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.

¡Mañana! Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

(Porvenir. Ángel González)

miércoles, mayo 7

Rolling Stones gather no moss?

Now and then you turn upside down
even when the rolling stones gather no moss.
Then the thoughts
–both yours and mine-
became a back-and-forwards pendulum.
My chameleonic ego
changed colour
from white to black
and suddenly transparent.
Threads mixes,
touches, moves away, flows
and then everything turns into sea and ski.

lunes, febrero 4

Hard day's night

Cuando tronó el despertador, aún metía el pie descalzo en la cama. No llegué a sentir el calor de las sábanas. Vuelta a empezar. Blasfemias en la autovía aún cubierta de madrugada y luego conversación amarga. Vaya fin de semana sangriento. Aquel chaval que murió en Lugo... y los otros... todos se salieron de la vía. Venga, pregunta cúal es tu cámara, que te vas con T. a la depuradora de Grao. Bla bla bla. Puto laberinto de depuradora. ¿Qué hay de nuevo? Pues mira, agujetas y un lunes nefasto. Poco más. Digo de la depuradora. Sin agua. Sin alegría. Me voy a la óptica. Ojalá no quieran atenderme. Así podré gritar. Os odio. A los lunes y a todos los que hoy os cruzásteis conmigo. Hard day's night. Qué coño querrían decir Los Beattles... Claro... debía de ser lunes, pero seguro que sin depuradoras, recursos humanos, agujetas ni puertas a medio abrir. Y además les esperaba alguien en casa.

jueves, enero 31

Kamchatka


Es tiempo de máscaras y de silencios. Las mañanas teñidas de niebla se descongelan al sol desde la balconada de La Laboral. Pasan las horas, engordan las listas de muertos, caen civiles, soldados, opositores a Kibaki. Caen teletipos de la impresora. Luego de tarde me asustan las lágrimas porque proceden de fuentes que desconozco.

A veces el día torna en road movie y se convierte en una sucesión de nadas con sabor a todo. Otras, los deseos quedan atrapados dentro de mi y trato de ahogarlos en la bañera, pero resisten agarrados a las cañerías con uñas y dientes y vuelven a salir triunfantes por el desagüe para asistir al vía crucis del atardecer. El invierno debe ser duro en Kamchatka.

Antiguo y Nuevo Testamento de E.

Entonces su iguana no tenía nombre. Tampoco tenía forma de defenderse al modo de su especie, que suele dar coletazos a diestro y siniestro ante la presencia de un intruso. La pobre se había roto la cola al precipitarse al vacío desde el terrario, lo que para un humano equivaldría a tirarse por lo menos desde un segundo piso.

Se despidió de su iguana y salió a la calle. El frío gélido le despertó las mejillas. Aquel era un invierno cualquiera, pero lo sería solo hasta aquella noche. Negra y finita. Él no imaginaba el paréntesis que le acechaba cuando dio los últimos pasos hacia la moto. Repartía pizzas para sacar pasta. Yo ni siquiera le conocía, tardaría años en hacerlo, pero he soñado el momento y he podido ver cómo aquella noche él reía con esa expresión suya que se le sube a los ojos y se los arruga.

Un paso más, subió a la moto y arrancó. Aún hoy no logra acordarse del golpe que le lanzó por los aires y le dejó roto sobre el asfalto. No consigue recordar las luces del coche tragándole ni la ambulancia ni el miedo. Ese vino tiempo después, al despertar, al oir el veredicto. Inocente pero tú pagas. No sé mucho más de cómo ocurrió. Pero sé que, ahora, su iguana casi tiene nombre. Y que él se esfuma un día y aparece al otro con los ojos envueltos en risa.

domingo, diciembre 2

Empatía

foto: espumeru


Si eran pequeños, los mataba. Los grandes le daban más reparo, por el ruido o la sangre que acompañaba a su muerte. Sus preferidos eran, sin duda, las arañas, sobre todo las corpulentas. Y digo “eran” porque llegó un día en que se vio obligado a abandonar estas matanzas a pequeña escala.

Aquella era una mañana corriente, quizá un poco más gris y húmeda. Hacía frío. Ni siquiera se percató de que la había pisado, tan rápido que ocurrió. En cuanto levantó el pie, ya no pudo volver a apoyarlo. El tobillo cedió. Cayó de bruces y ante sus narices descubrió el cadáver aun caliente de aquella hormiga.

Las radiografías no mostraron rotura ni daño alguno. Desconcertado, el médico le recomendó reposo. La hormiga siguió rondando durante días por su cabeza. Pero sus sospechas no se confirmaron hasta la siguiente muerte, que no fue ocasional. La descubrió mientras se duchaba y no pudo resistirlo. Aún estaba en albornoz cuando se encaramó en una banqueta y ¡zas!: la aplastó con la zapatilla. Aquello se tradujo de inmediato en un ataque de asma que a punto estuvo de provocarle un estado de coma. A él, que nunca había tenido problemas respiratorios. En la cama del hospital, prometió no matar más.

Pero cuando por casualidad se encontraba con un grupo de hormigas en fila india, echaba de menos las torturas a las que antes solía someterlas. No obstante, desde su promesa trataba de despejarles el camino y vigilaba siempre el terreno sobre el que pisaba, por si las moscas andaban despistadas.

Ya se habían cumplido dos años desde que dejó de matar, cuando una madrugada aquel gato negro le miró desafiante desde la oscuridad. No pudo evitarlo. Fue fulminante. Un frenazo y un golpe seco. No hubo más. Salió del coche precipitadamente y se acercó a comprobar en que estado se encontraba. Ya no vivía. Le sobrevino un mareo, le temblaron las piernas, todo se hizo rojo alrededor, y se desplomó.

A la mañana siguiente, un vecino de la zona lo encontró. Su cadáver estaba tirado en el suelo, justo delante del coche, cuyo motor aún permanecía en marcha. No había nada alrededor. Sólo se oía, a lo lejos, un leve maullido…

jueves, octubre 11

Próxima parada

Sabía que estarías en aquel autobús con la mirada verde perdida y la chaqueta sobre el regazo. Sabía desde siempre que me espararías allí sin ni siquiera tú saberlo al igual que yo también lo desconocía. Lo supe al verte, al encontrarme de repente empantanada en tus ojos turbios y tus labios de caramelo. Y saberlo bloqueó mis movimientos, así que avancé de forma mecánica por el pasillo, tan estrecho que al sobrepasarte sentí el roce inocente de mi mano con la tuya, que pendía relajada del reposabrazos.

Me senté, cohibida y sonrojada, dos asientos detrás del tuyo. Observé durante minutos, tal vez horas, tu aspecto reflejado en el cristal. Y sonreí al descifrar aquella sonrisa oculta que yo tan bien conocía desde siempre. Y recordé aquella chaqueta tuya, de pana negra, que de madrugada abandonabas en la silla mientras nos escondíamos en la cama de la neblina con la que las noches desapacibles despedían al otoño.

Tú eras para mí. Yo era para tí. Entonces supe que ya nunca sería. Seguí con la mirada tu trayecto por el pasillo. Te bajaste en Esperanza.
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